Una minúscula lágrima cae. Tan pequeña es y parece tan indecisa y apocada en su caída que cuando, para descansar, se posa en una hoja las gotas de rocío que allí hay, lágrimas de la noche son, humilladas por tan descarada afrenta la rehuyen y de ella se apartan. La diminuta no tiene por más que alejarse desdichada deslizándose hacia un final demasiado inclinado y continuar su viaje. Un fulgor y ella piensa si será esperanza. Es el primer rayo de la mañana que en ella se acomoda y hace grande a la pequeña y esta ya no tiene miedo y se deja caer al lago. Y en el lago se funde y se confunde. Y el lago en su sabiduría se siente feliz. Una diminuta lágrima con corazón de estrella. Es bueno.
Pero hay más minúsculas, pequeñas, indecisas lágrimas. El rocío no aprende y el lago espera y las recibe. Hoy, esta mañana, al chasquear sus orillas notará el sabor salado. Es bueno.
¿Pero quién deja libres tan inocentes lágrimas infantes?
¿Dónde está la fuente? ¿Dónde el torrente? Arriba. En el comienzo del principio del viaje antes narrado. Son ojos y no ríos. Ojos cargados de nubes de sal. Ojos hermosos. Son dos almendras ahítas de llanto. La curva de una espalda en la curva del retoño de una rama. Piernas inertes y dedos entrelazados en imagen de súplica.
¿Qué te pasa criatura? ¿Por qué lloras?
Proyectas tanta tristeza que esta se pone triste. Levántate y camina. No contagies con tu dolor al bosque. No lo merece. Hoy está orgulloso de ser bosque. Lo noto. Lo se. ¿Por qué te empeñas en afligirlo?
Y se incorpora y la ramita se estremece .Y la curva se estremece. Y la criatura resplandece. Y la espalda se... abre y brotan dos párvulas alas que se despliegan y también resplandecen. Con gesto firme una mano frustra el crecimiento del lago.
Ahora veremos como la hermosa criatura se lanza detrás de la indecisa, minúscula y última lágrima. Observaremos como.... ¿Pero qué hace?
Camina por la rama, por la hermana de la rama y llega al tronco del gran árbol y le da un abrazo de piernas y brazos y se desliza por este hasta legar al suelo.
Lento pero eficaz.
Se aleja y se acerca al sabio lago. Sus diminutos pies se ensucian cuando el barro les saluda y se limpian al besarlos el lago. La criatura se inclina y el lago se acerca. Azul reflejado en azul. Y cae una última lágrima que asustada, escondida allí estaba. El azul sigue siendo azul meciéndose esta vez y esta si la última se une a sus compañera. El lago saborea. Paz. Paz y tristeza. Paz y dolor. Chillos, risas y la paz huye indignada.
Y se ven reflejos rojos, turquesas, amarillos, de todos los colores que cortan el aire y planean. Y el sabio lago ya no es azul del todo. Arco iris parece. Y los colores se detienen junto a los hermosos ojos vestidos de azul. No tocan el lago los colores si no es para jugar con sus diminutos pies con las sombras y las ondas. Y los colores reflejan la luz con movimientos rápidos, concisos. Y los colores toman las manos azules y le animan y las azules manos se retraen avergonzadas. Distraído rojo, añil y sus hermanos colores se alejan dejando a azul con el nuevamente azul sabio lago. Y la diminuta hace esfuerzos por no volver a llorar y se aleja. Andando, deambulando se aleja. Y en su errar la tristeza acaricia las hojas, las piedras, las flores. Y la añoranza por lo no vivido le hace levantar la cabeza y esta vez es el azul del impasible cielo quien se refleja en el marrón. Y el corazón late más deprisa.
La minúscula criatura tiene corazón y este es tan grande que no nos explicamos por qué no escapa de tan pequeño cuerpo. Será que no puede vivir corazón sin cuerpo y cuerpo sin corazón. Pero es tan grande el corazón que le gustaría aventurarse, descubrir, ver, vivir, saborear, soñar por si mismo sin estar prisionero en ese asustado cuerpo.
Y el corazón duele y la criatura, azul, tristeza, todos los nombres valen, se para. Y el corazón entiende. Entiende que no puede vivir uno sin el otro, el otro sin el uno. Inseparables.
No hay otra.
El cuerpo no tiene la culpa de tener miedo a lo desconocido.
La tristeza no tiene la culpa de tener miedo a perder lo conocido. La criatura sabe lo que tiene pero no quiere hacer.
El corazón no entiende de tener y si de querer...
Las esperanzas y los sueños revolotean a su alrededor con chillos, risas y todos los colores.
Y la criatura sube por un tronco liso y valiente que quiere cortejar al sol. El azul se confunde con el azul de cielo nuevo y el doble marrón brilla de nueva forma. Y la tristeza se va deshaciendo y queda enganchada en la piel del valeroso árbol. Y los ojos, esos hermosos y brillantes ojos, solo ven ya por encima de ellos el azul y, a lo lejos, un cachito de playa. Sonríe. Y la diminuta ya no tiene por donde subir y tampoco quiere bajar por que se encontraría de nuevo con la tristeza y ya no tiene espacio para ella pues el corazón todo lo ocupa. Y allí abajo están los sueños, las esperanzas. El verde y el lila. El turquesa. Todos los colores menos el azul que está allí arriba.
Despliega las alas y reflejan azul. Azul de puntillas en lo más alto del alto bosque. Y extiende los brazos. Y el azul del sabio lago le sonríe en amarillo. Y los dulces marrones ojos le devuelven la sonrisa.
Y el corazón y el cuerpo. El cuerpo y el corazón juntos piensan, piensan juntos.
Se es lo que se es aunque se tema serlo.
Hay que atreverse a saltar al vacío con los brazos extendidos, las alas desplegadas. Con una sonrisa marrón brillante vestida de azul.
Quien ha nacido hada a nacido para volar.
Y esa criatura antes triste y temerosa, caminante y trepadora, ahora completa, es lo que nosotros sabíamos.
Lo que ella no se atrevía a saber.
Un hada azul.